De Santa, no tiene nada.


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Por Ana Clara Azcurra Marian. Fuente: acá.


 

Recuerdo que cuando era chica una de las cosas que más fácilmente encontraba en las casas que visitaba era un crucifijo y la imagen de la Madre Teresa de Calcuta. Una mujer pequeña, arrugada y doblada, con sus manos en posición de rezo y súplica, no parecía poder albergar dentro una crueldad tan grande como velada para la mayor parte de las personas que han compartido (posiblemente desde una “honestidad moral”) la noticia de su canonización por el Papa Francisco en el Vaticano. La iconografía y ciertos gestos se imprimen con mucha eficacia.

Sin embargo, se ha demostrado que esta monja albanesa, llamada Agnes Gonxha Bojaxhiu, dedicó su vida religiosa a militar con mucha disciplina el crecimiento del catolicismo más ortodoxo a través de su obra. Lejos de practicar una defensa de la vida de los pobres, los ayudó a no cuestionar su condición. “Mientras el trabajo sea más repugnante, mayor ha de ser nuestra fe y más alegre nuestra devoción”, dijo alguna vez esta agente del catolicismo, apelando al conformismo de quienes están condenados  en vida. Teresa de Calcuta ha sabido administrar su poder simbólico para decidir sobre las posibilidades de vida de las personas con menor estima social que se acercaban a ella en busca de refugio y solidaridad.

Es cierto: no se la puede forzar a inculcar desde el catolicismo algo muy distinto a lo que esta institución ha hecho a lo largo de su historia europea primero, en América después. La sorpresa, en todo caso, son los teólogos de la liberación, no una monja que militó contra el aborto identificándolo dentro de las causas de un mundo belicoso. “Si una madre puede matar a su propio niño, en su propia matriz, ¿Qué nos detiene a ustedes y a mí de matarnos los unos a los otros?”, afirmó cuando le dieron el Premio Nobel de la Paz en 1979.

En un contexto donde el debate por la despenalización del aborto intenta instalarse como agenda social y política, la santificación oficial de esta mujer es un mensaje desde Roma en extremo transparente. No hace mucho el caso de Belén, la joven tucumana que pasó más de dos años presa acusada de abortar ilegalmente, dejó verificar la violencia de médicos y enfermeros que denuncian y rompen el secreto profesional practicando una moral reaccionaria, así como también se puso de manifiesto la concepción hegemónica católica que adoptan los medios de comunicación masivos, que emparentan un feto con una persona de derecho.

Lo más imperdonable que tuvo esta mujer es su falta de humanidad. Se puede comprender desde el criterio católico que la salvación está en la vida después de la muerte. Pero hay algo empático, algo que nos tiene que movilizar la dimensión afectiva cuando tenemos a alguien muriendo frente a nosotros. ¿Cómo se le niega un calmante a alguien que agoniza o se lo bautiza sin consentimiento, imponiéndole una religión ajena? ¿Cómo se saca belleza o alegría (en palabras de Teresa) de ese tipo de muerte, injusta, quizás inevitable desde la estructura social, pero indigna desde una visión humanitaria?

Su detractor más grande ha sido Christian Hitchens, periodista inglés que en el documental “Ángel del Infierno” se encarga de recabar testimonios de diversas personas que visitaron la obra de la monja y se impresionaron al evidenciar cómo la Madre Teresa no tenía nada de santa. Su legado más importante es la Casa de los Moribundos, un espacio que ayudaba a morir a las personas más abandonadas de la sociedad india. Y utilizo la expresión ayudar a morir porque en ese lugar no existía ninguna oportunidad para que pudiesen rectificar ese destino: se lo convertía en inexorable. No se administraban las medicinas necesarias, no había atención profesional ni aun hoy se comprende qué hacia la Madre Teresa con la cantidad de dinero por donaciones que supo recibir.

“Nunca se la ha visto afligir a los que están más acomodados”, dice el periodista en referencia a sus contactos con empresarios acusados de estafa y corrupción y con los dictadores de países lindantes con India. De hecho, Ronald Reagan la ha distinguido bajo su aceptación más consciente: el presidente estadounidense que fue la cabeza y el mayor financista del plan sistemático de exterminio de las revoluciones sociales latinoamericanas.

El respeto no se impone, pero la ignorancia lo posibilita. Cada vez son más los que declaran en contra de la figura de esta monja con argumentos sólidos, y profundizan las investigaciones sobre el erróneamente denominado “icono de la compasión”. El amor no es la base del catolicismo, es un sintagma vacío que como cualquier consigna de campaña política, no significa más que un estandarte decorativo. Levantar la imagen de esta monja en el siglo 21 es aportar a las corrientes de pensamiento común que ve la pobreza como una circunstancia que “siempre existirá” y no como un producto de la estructura social desigual que todavía no hemos sabido transformar en profundidad.


 

 

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