[Artículo] · La experiencia de Mujeres Libres: 80 años del surgimiento del feminismo anarquista organizado.


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   Por  Sofía Soto Cáceres de Acción Libertaria | 29/07/2016



Ya han pasado 80 años del inicio de la Guerra civil Española y de la mayor experiencia histórica del movimiento anarquista. Para algunas autoras como Susan Brown y Peggy Kornneger el anarquismo al constituirse como una filosofía política que se opone a todas las relaciones de poder forzadas o coactivas, debería ser intrínsecamente feminista. Su originalidad teórica reside especialmente en su visión política y en no ser una corriente dogmática, por lo que se pueden encontrar una amplia gama de planteamientos libertarios al respecto de lo que es el feminismo, la posición de la mujer y la feminidad.

 

“Si de veras queremos la revolución social, no olvidemos que su principio primero está en la igualdad económica y política, no solo de las clases sino de los sexos”, (en “El problema sexual y la revolución de los sexos”, Revista Mujeres Libres, n°9)

Sin embargo, las prácticas machistas en el movimiento revolucionario anarquista y socialista eran cotidianas en la época de la Guerra Civil Española. Por este motivo diversas mujeres pertenecientes a las organizaciones del movimiento libertario –CNT, FAI y JJLL- deciden crear una organización propia y autónoma. “Mujeres Libres”, según la investigadora feminista Mary Nash -pionera en el estudio de esta agrupación-; “tanto la organización como la revista con el mismo nombre, tienen una naturaleza feminista además de anarquista, ya que reivindicaban la liberación de las mujeres como consecuencia de su papel de subordinación con respecto a los hombres” (1).

Dentro del anarquismo social hay dos grandes teóricos clásicos que representan dos corrientes opuestas en torno a la liberación de la mujer. Por un lado estaba Proudhon, quien en su momento interpeló fuertemente a las feministas por atacar la familia como reproductora de la opresión de la mujer, pues para él esta era la institución que más encarnaba la justicia, por lo tanto quienes seguían su postura no consideraban atingente la conformación de Mujeres Libres, pues afirmaban que dividía al movimiento y que el lugar de la mujer era al lado de los revolucionarios, pero reproduciendo su rol histórico en el hogar y en la cocina. Por otro lado, estaba la concepción “bakuninista” que sí apoyaba la lucha de las mujeres y comprendía que la emancipación de ellas era realmente necesaria y que sus reivindicaciones eran reales. Bakunin concluye que “la mujer es, en el capitalismo, propiedad privada del hombre, y que mediante el matrimonio y la familia, ésta estaba reproduciendo las condiciones en las que se fundamenta el Estado” (2). Además, Bakunin consideraba al matrimonio como una institución opresora pues ponía al hombre por sobre la mujer, que reproduce la ideología estatal y capitalista, y es la base de la existencia de la propiedad privada.

De esta forma no todos los anarquistas consideraron que la lucha de las mujeres era algo trascendental, y dejaban estos problemas siempre en el contexto doméstico y privado. Muchas mujeres anarquistas vieron la necesidad de interpelar a sus compañeros de lucha, no solo en las fábricas y en las calles, sino que también en sus propias casas y familias. Lo cual se refleja en una de las interpelaciones que realiza Lola Iturbe en el artículo “La educación social de la mujer” publicado en la revista “Tierra y Libertad” el 15 de octubre de 1935: “Todos los compañeros, tan radicales en los cafés, en los sindicatos y hasta en los grupos, suelen dejar en la puerta de su casa el ropaje de amantes de la liberación femenina y dentro se conducen con la compañera como vulgares maridos”.

Mujeres Libres, en este sentido, combatió por “conseguir la emancipación de la triple esclavitud en la que se encontraban: de género, cultural y laboral” (3). La organización anarcofeminista consideraba que los hombres también tenían que ser parte de esta pelea, y que debería nacer de parte de ellos una conciencia solidaria capaz de asumir la lucha en común por erradicar la explotación y la opresión en todas sus formas.

Entre sus militantes más influyentes estaban Emma Goldman, Federica Montseny, Mercedes Comaposada, entre otras. Quienes a pesar de continuar con su labor revolucionaria en organizaciones como la CNT y la FAI quisieron mantener su autonomía como Mujeres Libres, aunque nunca fueron reconocidas por este motivo dentro del movimiento anarquista y anarcosindicalista. Abordaron problemáticas como la capacitación de las mujeres obreras, entendiendo que el conocimiento era fundamental para el camino hacia la liberación. Rechazaron la familia tradicional, patriarcal y nuclear, pues consideraban la primacía de la asociación libre entre hombres y mujeres, basada en la igualdad de derechos, además de propugnar una sexualidad libre y el control de la natalidad, impulsado principalmente por la “Internacional Neomalthusiana” en la que participó Emma Goldman.

El primer número de la revista “Mujeres Libres”, propaganda impresa y medio de difusión de la organización apareció el 20 de mayo de 1936, luego el 15 de junio aparece su segundo número, publicándose catorce en total. El objetivo de este medio escrito era afirmar que la emancipación femenina era significativa dentro de la lucha anarquista, y además se preocupó de difundir lo que estaba aconteciendo en esos años de guerra y revolución en Cataluña y Andalucía.

La “Revista Blanca” –ligada a la familia Urales- también fue un medio de difusión feminista anárquico, que estuvo activa entre 1898 y 1938. Esta revista publicaba artículos de mujeres ligadas al ambiente anarquista, tratando temáticas ligadas incluso al actual movimiento feminista, tales como; la monogamia, el matrimonio, el amor, la maternidad, la sexualidad, etc. Una de sus escritoras y activistas recurrentes fue Soledad Gustavo, seudónimo que utilizaba Federica Mañe. Ella consideraba a la familia y al hogar como espacios que debían ser liberados de la dominación estatal y capitalista, señalando que: “La familia en la sociedad del porvenir, no será lo que es la familia de hoy, ni el amor se reemplazará por el cálculo o por el vicio y el libertinaje, como pasa en nuestros días. Renegamos de una sociedad que hace de los hijos una carga para los padres; renegamos de una sociedad que hace un comercio del amor” (4).

De esta forma, estas feministas, cruzaban su lucha por la emancipación de la mujer con la lucha anticapitalista y se diferenciaban del feminismo burgués sufragista por considerarlo alejado de sus demandas ya que no buscaba cambiar la sociedad de forma estructural, sino que se preocupaba de reivindicaciones más bien liberales, como el acceso a cargos de poder usualmente ocupados por hombres. De esta forma Mujeres Libres buscó su propia identidad, proletaria y clasista, reivindicando el amor libre y rechazando las prácticas autoritarias por parte de los hombres en el ámbito privado, rompiendo con lo que la historia de la mujer había considerado exclusivamente burgués, y planteando reivindicaciones avanzadas que luego exigirían las feministas en los años 60, como la sexualidad libre y autonomía del cuerpo. Algunas autoras como Peggy Kornegger señalan incluso que el feminismo radical es prácticamente anarquista, por sus prácticas autónomas y horizontales.

Finalmente se puede señalar que la experiencia de estas mujeres que se organizaron contra cualquier designio ortodoxo que pudo impedir su alzamiento, es trascendental para entender el feminismo actual y la lucha revolucionaria, pues dentro del movimiento revolucionario de hoy, profundamente masculinizado, el feminismo ha comenzado a tener voz y decisión en las luchas, tanto en la universidad y la escuela, como en el sindicato y la población.


NOTAS:

(1) Méijome, Alma (2013) Anarcofeminismo e identidades: Una mirada histórica al anarcofeminismo en el estado español. En “Revista internacional de pensamiento político”.
(2) Padro, Antoni (2013) Matrimonio, Familia y Estado: Escritoras Anarco-feministas en la Revista Blanca (1898-1936). Madrid: Fundación Anselmo Lorenzo.
(3) Méijome, Alma. Op. Cit., P. 89.
(4) Padro, Antoni. Op. Cit.

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